Este fin de semana, me reuní con las que han sido mis amigas de toda la vida. En uno de los tantos temas que tocamos, comentábamos de lo diferente que han resultado nuestras vidas ya que no han sido exactamente como esperábamos. Ya saben, situaciones en las que la amiga que pensábamos que ya se iba a casar está más soltera que nunca, y la que siempre había estado soltera ahora tiene un pie en el altar. Después una de mis amigas dijo que quería tener hijos hasta que tuviera 30 años, pero que mejor no decía nada porque le iba a pasar lo contrario e iba a terminar siendo la siguiente en ser mamá.

Hay muchas personas que prefieren no decir ciertas cosas por miedo a que después vayan a “salar” el suceso y por consiguiente, ocurra lo opuesto. Sin embargo, creo que normalmente es todo lo contrario. Entre más hables sobre algo en particular, más lo atraes hasta que se vuelve realidad. Pienso que las palabras tienen una gran fuerza y la mayoría de las personas no están conscientes de ello. Pocos comprenden que lo que pronunciemos en forma de palabras regresa en forma de experiencia.

Por otro lado, las palabras que salen de una persona dicen mucho de ella; una vez me dijeron que “son la voz del corazón”. Por alguna razón esta frase se me quedó muy grabada y en ocasiones cuando estoy con alguien, procuro prestar atención a lo que dice y cómo lo dice. Pero sobre todo, trato de escuchar lo que produce mi propia boca.
Si entendemos que nuestras palabras son una prolongación de nuestros pensamientos, o de lo que haya en nuestro corazón, entonces también debemos de atender nuestro diálogo interno para comprender cómo nos sentimos y qué traemos guardado. Nuestras palabras internas también son importantes ya que construyen el ambiente mental sobre el que actuamos y como dije anteriormente, pueden atraer la manera en la que vivimos o las experiencias que se nos presentarán.

Existen una serie de pensamientos negativos que debemos de eliminar. De la misma manera existen palabras que no deberían de ser frecuentes en nuestro vocabulario, como por ejemplo, las absolutistas: nunca, jamás o siempre. Es mejor sustituirlas por otras más flexibles como: a veces, a menudo, casi siempre o casi nunca.

De la misma manera, la expresión “tengo que” o “debo de” nos bloquea y nos brinda una presión que nos auto-imponemos cuando es suficiente con decir qué es lo que haremos. También podemos usar frases como: yo elijo, deseo, quiero o me gustaría. Después de todo, aunque resulte desagradable realizar cierta acción, siempre tenemos la libertad de elegir.

Si mi amiga realmente decide que quiere tener hijos hasta que tenga 30 años, es muy probable que así suceda, porque ella misma lo va a atraer. De la misma manera, si nuestros pensamientos son negativos, atraeremos sucesos poco afortunados. Y si deseamos saber cómo se encuentra nuestro corazón, examinemos las palabras que salen de nuestra boca. Todo esto constituye un ejercicio que nos podría resultar sumamente benéfico para nuestra vida.
Es importante recordar que nosotros mismos podemos controlar nuestras palabras, ya sea las interiores o las que reproducimos hacia el exterior. Conscientemente las podemos escoger y aunque al principio no será fácil eliminar las que no son adecuadas, el reconocer que las palabras tienen fuerza es solamente el principio para vivir la vida positiva que nosotros mismos atraemos.

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Sobre El Autor

Ana Karen Saenz

Licenciada en Ciencias de la Información y Comunicación trabajando actualmente en una empresa de social media. De pensamientos alternativos con un espíritu ansioso por comerse al mundo combinado con unas ganas de vivir intensamente. Camino tratando de encontrarle sentido a lo impensable, no me canso de soñar y creo en imposibles.