el menos peor: Keiko Fujimori y el cálculo político para las elecciones 2026, Epicentro Tv

El menos peor

Por cuarta vez, Keiko Fujimori está en la final de las elecciones presidenciales. Pero esta vez es diferente: ya no carga con las fechorías del padre (aunque se esfuerce en vestirlas como si fueran condecoraciones) y sus dos potenciales oponentes -Roberto Sánchez y Rafael López Aliaga- la hacen ver, para un creciente segmento de la ciudadanía, como una opción tolerable. Incluso racional.


No es que ella haya mejorado, es que el costo esperado de sus competidores es más alto.

Esta es la tesis de esta columna. Lo que sigue es la evidencia.

Del 2011 al 2026

En sus tres intentos anteriores, Fujimori cargaba con un pasivo político muy claro: el legado autoritario y corrupto del régimen de su padre, su propio estilo confrontacional y una trayectoria reciente marcada por prácticas de obstrucción institucional. Perdió en 2011 (10 candidatos) frente a Ollanta Humala por 447 mil votos. Perdió en 2016 (10 candidatos) frente a Pedro Pablo Kuczynski por 41 mil votos. Perdió en 2021 (18 candidatos) frente a Pedro Castillo por 44 mil votos en un contexto de polarización extrema.

En cada caso, la mayoría de los electores (aunque fuera una mayoría por poquito) consideró que sus contrincantes eran el mal menor. Y ella, el mal a evitar. La identidad de sus oponentes no importaba, daba igual quiénes fueran: un exmilitar cuestionado por violaciones a los derechos humanos; un banquero de inversión con pasaporte estadounidense, las uñas largas y gran ductilidad ética; o un asustadizo profesor de escuela rural con aspiraciones de tiranuelo (y que el propio fujimorismo puso en el mapa).


Lo único que esos tres tenían en común era que el don de la elocuencia les había sido rotundamente negado y que al frente la tuvieron a ella. Y le ganaron.

En el imaginario antifujimorista más ultra, nada hay peor que ser un Fujimori. Belcebú sonríe (y Antauro, también).

Llegamos a estas elecciones 2026 con 35 candidatos, al menos 10 años ininterrumpidos de destrucción sistemática de las instituciones democráticas y la peor reputación que el oficio de político haya tenido jamás: todos los que le ganaron terminaron presos por causa propia (igual que su padre y al menos otros dos) y hemos cambiado de presidente 9 veces y tres de congreso en la última década.

Para un sentido común que no se hace demasiadas preguntas ni le interesan demasiado los matices, estos hechos demuestran, al menos, dos cosas. Primero: no importa cuántos presidentes caigan porque la economía aguanta. Segundo: no importa si los presidentes o los alcaldes roban, porque todos roban. Y la economía aguanta.

Este aprendizaje informal es política y socialmente devastador: si nada colapsa, nada disciplina. Si nada disciplina, todo se vuelve tolerable.

Y cuando todo es tolerable, nada es exigible.

En este entorno enrarecido, ella se ha convertido en lo malo conocido. Ya no importa quién es ella (porque todos sabemos) sino quién es -o podría ser- su potencial competidor esta vez.

Roberto Sánchez

El problema no es moral, es operativo: no hay forma de anticipar su comportamiento político. Si el pragmatismo fuera una ideología (¿lo es?) sería algo más que tendría en común con el fujimorismo. Pero sus mayores debilidades son su falta de consistencia y de credibilidad operativa. Su trayectoria más reciente está marcada por alineamientos tácticos con el fujimorismo, con Antauro Humala, con los hermanos y la hija adoptiva de Pedro Castillo y con los mineros ilegales. ¿En qué cree firmemente Roberto Sánchez? ¿Qué principios o convicciones reivindica? Además de haber traicionado a su padrino de matrimonio y mentor (Yehude Simon), también deslindó con Pedro Castillo tras el intento de golpe de este. A punto de ser desaforado por haber sido parte del gobierno de Castillo durante su intento de golpe, fue gracias a los votos de 15 fujimoristas que Sánchez todavía es congresista y recibe un sueldo. Y aunque nada de esto lo diferencia de las cosas que ya ha hecho la candidata Fujimori, sí tiene implicancias directas concretas para una eventual administración suya:

Sus decisiones serán impredecibles y dependerán de lo que él considere conveniente para él en cada momento. Esto, sumado a su historial de traiciones, le hará muy difícil negociar alianzas relevantes y sólidas, lo que a su vez volverá muy incierta la implementación de cualquier agenda. Si nadie confía en él, nadie invertirá en él. Todo esto sin mencionar la deuda de dimensiones y naturaleza incierta que aún debe tener con el fujimorismo.

Insisto en que nada de esto es, por supuesto, un juicio moral sino un diagnóstico estructural. Se trata de un problema de capacidad de coordinación futura: no la tiene. Un presidente sin redes estables ni compromisos creíbles enfrenta costos de transacción altísimos para gobernar. Y en un ecosistema político y social tan fragmentado como el nuestro, es casi sinónimo de parálisis y/o captura. Y en ese escenario, no gobierna el presidente: gobiernan las circunstancias.

Rafael López Aliaga

Con el ex alcalde de Lima el problema es de inconsistencia, predictibilidad y volatilidad. Sus más recientes intervenciones públicas han incluido graves acusaciones de fraude electoral sin ofrecer pruebas, intento de comprar públicamente dichas pruebas y declaraciones destempladas como amenazar al presidente del JNE con sodomizarlo con una tortuga si no accedía a sus exigencias. No respeta ni las reglas de juego (estudios de factibilidad de la pista que hace de continuación de la Vía Expresa hacia el sur de Lima) ni a sus socios (Lorenzo Souza, Peruval) ni los compromisos que de la ciudad (Rutas de Lima, Brookfield). A lo anterior se suma una cuestionada gestión municipal con resultados muy por debajo de lo esperado y de lo que él mismo ofreció y sus promesas incumplidas (incluida la de no abandonar la alcaldía para postular a la presidencia).

Alguien con tan alta impulsividad, intolerante a la discrepancia y propenso al maniqueísmo y al voluntarismo más extremos incrementa la percepción de riesgo institucional, dificulta u obstaculiza la construcción de coaliciones estables, porque introduce altísima incertidumbre sobre el respeto a reglas básicas del juego y a su palabra empeñada. Más que un candidato, es una fuente de inestabilidad.

(otra vez) Keiko

Ante semejante cuadro, Keiko Fujimori parece distinta. No es mejor en términos absolutos, solo es más predecible en términos relativos. ¿Por qué? Porque para ella, gobernar mal es mucho más caro que para sus competidores. No porque tenga más o mejores incentivos morales, sino porque enfrenta mayores costos potenciales.

Además de candidata, Fujimori es la cabeza de una organización política con presencia nacional, con bases, con cuadros, con redes territoriales y con una capacidad probada de aglutinar una primera minoría electoral. Ha construido uno de los pocos partidos políticos que puede ser descrito como tal (la ironía es que su padre los destruyó todos y nunca fundó uno, apenas movimientos fusible para poder reelegirse). Esa estructura no es neutra: impone costos.

Así que tiene mucho que perder: una marca política construida durante al menos dos décadas, un aparato partidario, infraestructura física y organizacional y una base electoral recurrente. También tiene contrapartes internas y externas: cuadros, aliados y operadores que dependen del partido. Pero más importante: ella misma depende de esa organización. Ni Sánchez ni López Aliaga viven a costa de los partidos que usaron de barcaza para poder candidatear.

Fuerza Popular es una organización que incluso en sus peores momentos ha operado dentro de las reglas formales. Tensionándolas, sí; cambiándolas cuando no les convenían, también; ajustándolas para que les sean funcionales y perjudiquen a sus enemigos, claro que sí; pero no abandonándolas. Siempre revistiendo todo de la legitimidad que dan los votos en el Congreso que ellos dominan.

Todo eso la obliga a minimizar el daño. Y no, no es ninguna garantía de buen gobierno, ni siquiera de uno mediocre; pero es claramente un mecanismo de contención que los otros dos candidatos no tienen.

En una circunstancia en la que las otras opciones elevan tanto el riesgo de disrupción (porque es imposible calcular sus costos y por lo tanto sus decisiones), ese mecanismo pesa. Y a medida que la confrontación recrudece y la incertidumbre que aquella genera aumenta, tales consideraciones pesan cada vez más.

Más allá de las evidentes vulnerabilidades de sus dos posibles oponentes, debemos considerar el costo potencial de tener a Keiko otra vez como oposición y mayoría en un senado super poderoso frente a gobiernos estructuralmente tan débiles como los que liderarían Sánchez o López Aliaga. ¿Cuán probable es que se convierta en una oposición responsable? Esta es, posiblemente y a la vista del track record de la señora Fujimori y sus bancadas, la razón más importante para preferir ese veneno y no los otros.

Quizás es una buena idea que por una vez gane y rinda cuentas y no se escude en decir "es que yo nunca he sido gobierno", cuando todos sabemos que sí lo ha sido. Porque gobierna quien toma las decisiones, sin importar si las toma en Palacio de Gobierno, en el Congreso de la República o en su casa en pantuflas con una rodaja de pepino en cada ojo y mientras le hacen la manicure a domicilio.

Ella mantiene un caudal electoral que es casi un quinto del electorado y que ha resistido tres derrotas presidenciales con sus respectivas pataletas (la última lleva ya una década de duración). Eso no es trivial, significa que a pesar de sus pésimas decisiones y demás inconductas, existe un núcleo duro que no solo no se ha erosionado completamente, sino que sigue siendo competitivo a escala nacional.

Ese núcleo convive con el más alto rechazo, sí, pero en un sistema fragmentado, con eso basta para pasar cómodamente a segunda vuelta. Y una vez allí, el cálculo cambia.

La segunda vuelta es comparativa por definición. No se elige en abstracto, sino entre dos opciones concretas. Y es en ese momento cuando el deterioro del estándar se vuelve decisivo.

Fujimori lo sabe y por eso ha estado guardando las formas y mantenido la serenidad todos estos días, en medio del pandemonio que se ha armado por la indiscutible incompetencia de la ONPE y la presunta corrupción de sus funcionarios.

Y sí, usará el congreso primero para blindarse y luego -ojalá- para gobernar.

El síntoma

Nada de esto convierte a Keiko Fujimori en una buena opción. Keiko es el síntoma de un sistema en el que la previsibilidad mínima pesa más que la calidad de la propuesta (pues, de otro modo, Nieto —el candidato más técnico y menos estridente de esta elección, con más del 11% de los votos— habría ganado en primera vuelta). Estamos ante una circunstancia de deterioro tal, que la existencia de esa estructura tiene más valor que la dirección en la que dicha estructura se utiliza.

Y déjenme ser aquí preciso: ella no es la única responsable de ese deterioro, pero ha sido -sin duda- una de sus principales agentes.

Su actuación parlamentaria posterior a 2016 contribuyó a, primero, erosionar las ya precarizadas instituciones del estado lo que a su vez facilitó su progresiva captura. Bloqueó la gobernabilidad y normalizó prácticas de confrontación extrema, lo que nos llevó a una parálisis institucional y a tener nueve presidentes en 10 años.

Todo ese proceso erosionó la confianza de los ciudadanos en el sistema (el congreso tiene un índice de aprobación de un dígito desde hace años). Y es esa erosión lo que permite su reposicionamiento relativo.

No podemos obviar su paso por la prisión preventiva, una medida controvertida y seria jurídicamente cuestionada y que políticamente tuvo un efecto ambiguo: reforzó la narrativa de persecución para sus bases y, al mismo tiempo, la colocó en una posición singular frente a sus competidores. No la legitima, pero la diferencia. Y en política, el martirologio importa más que las virtudes.

Era insospechado que, a punta de pataletas, Keiko pudiera convertirse en panetón Tottus.

Colofón

La calidad de la política peruana ha empeorado tanto que hoy Keiko Fujimori parece una opción menos riesgosa que sus potenciales oponentes.

Que ella empiece a parecer razonable, no significa que estemos frente a un proceso de redención, es apenas una consecuencia de un largo proceso de degradación que tiene múltiples responsables. Entre ellos, ella y sus competidores inmediatos.

El resultado es un equilibrio tan bajo que la decisión electoral no se toma en función de proyectos de país, sino de gestión de riesgos. Y en ese escenario, gana quien parece menos riesgoso. Aunque no sea bueno. Aunque no haya cambiado. Aunque sea, simplemente, el menos peor. O daño controlado.

Ha sido difícil llegar a esta conclusión. Más difícil aún, admitirla.