,

El 28 de julio del 2026

El proceso electoral ha concluido con la victoria de la Sra. Fujimori, que será proclamada presidenta por el JNE dentro de pocos días. Mientras tanto, "Juntos por el Perú", el partido rival en segunda vuelta, ha anunciado que no reconoce el resultado y, por consiguiente, que cuestiona la legitimidad del segundo fujimorismo. Esa contradicción define la coyuntura, porque atañe a la esencia del poder: el ejercicio de la autoridad. 


En el campo del fujimorismo se escuchan voces que prometen un gabinete plural y un gobierno abierto al centro, "salvo a los caviares", (sic). Pero, se observa una práctica congresal brutal, donde el fujimorismo lleva la batuta. El Congreso que acaba de fenecer ha servido a intereses particulares y ha torcido las normas para castigar a sus opositores. Así, de un lado, el parlamento ha reducido impuestos a los agroexportadores y, del otro, ha vulnerado los derechos de Delia Espinoza y pretende enjuiciar a Gustavo Gorriti.

Una vieja máxima sostiene que a los políticos no se les debe creer lo que dicen, sino observar lo que hacen. Las promesas se las lleva el viento, mientras que el verdadero rumbo es determinado por la práctica. La llamada "clase política" se parece a las sirenas, si los escuchas te pierdes. Si esto es así, la línea del próximo gobierno la dictará un intransigente como Rospigliosi, y no se hallará en las engañosas promesas de los vicepresidentes. 

De esta manera, lo esperable es un gobierno autoritario en busca de consolidación, marcado por la idea de recuperar el orden, tal como anunció en campaña la misma Sra. Fujimori. Ha retornado el despotismo de siempre. Desde Boluarte comenzó a cocinarse y el 28 de julio se instalará en Palacio. Así es la historia peruana, un bamboleo entre democracias fracasadas y autoritarismos abusivos. Ese péndulo nos ha conducido por un ciclo que empezó con Alberto Fujimori, seguido por una democracia con corrupción y sin partidos, y estamos terminando en el segundo fujimorismo. En 35 años el Perú político ha vuelto al mismo lugar.

Debemos esperar que vuelva la intolerancia y la prepotencia del poder. El padre de nuestra futura presidenta decía que el gobernante debía hacer y luego explicar. No creía en el consenso ni en el debate público, se sentía dueño de la verdad y estaba dispuesto a imponerla sin contemplaciones. A eso nos volvemos a enfrentar. Nadie nos preguntará y en silencio nos caerá el palo en la cabeza. 

Pero estamos en otro contexto. En realidad, nunca se vuelve al mismo punto, sino que la historia avanza pendularmente en un espiral y cada época es única. En nuestros días, el segundo fujimorismo estará confrontado inmediatamente con grandes desafíos. Ante los cuales, su pensamiento reflejo es mano dura sin mayor inteligencia operativa, una fórmula que ha fracasado estrepitosamente en otros países, por ejemplo, en Ecuador. Si Alberto Fujimori necesitó un golpe de Estado para tomar control de las instituciones, su hija comienza teniéndolas en su mano. El Congreso se las ha entregado. No tendrá excusas, tendrá que obtener resultados.


¿Se puede resistir al autoritarismo? Claro que sí. Esa resistencia se ha desplegado en el pasado y se conoce su dinámica. El punto de partida siempre fueron las libertades. Al fin y al cabo, la democracia se opone al despotismo que se intentará asentar desde el 28 de julio. Asimismo, un punto clave es la amplitud del frente único alrededor de esas banderas democráticas. Para contener una autocracia en ciernes, la izquierda y el centro deben coincidir en objetivos. En vez de enrostrar al centro por haberse abstenido en segunda vuelta, habría que atraerlo a una defensa conjunta de ciertos temas cruciales, por ejemplo, la derogatoria de las leyes pro crimen.

¿Ayuda el no reconocimiento del resultado electoral a la resistencia democrática? Pienso que no. En realidad, dispersa y no convoca. Por ejemplo, el aliado "Ahora Nación" ya se desmarcó y el potencial aliado "Obras" ha ido más lejos, afirmando su completa autonomía en el Congreso venidero. Se desvanece la ilusión de un bloque parlamentario de izquierda con fuerza equivalente a la derecha. El problema de perder aliados es que equivale a entregarse al enemigo. Peor aún, porque el nuevo poder viene con sed de arrasar. Por eso, la negativa a reconocer resultados puede ser el pretexto para una represión que comience el primer día y consolide el autoritarismo. Así, esta propuesta, aunque principista y radical, facilita la vocación despótica del segundo fujimorismo.